Diógenes de Sinope
Diógenes de Sinope

Hace tiempo que no escribía y pensaba dejarlo así un tiempo más. Pero tuve el deseo de hablar del Papa Francisco. Incluso cuando defiendo mi claro ateísmo y el sinsentido de la vida, este hombre me parece que fue lo mejor que puede dar una institución tan desfasada, arcaica y fuera de sus orígenes.

Cuando pienso en Papas, mi memoria se llena de solemnidad, palacios dorados y zapatos rojos relucientes. Frente a esto, la imagen de Francisco parece… fuera de lugar. Era, si no un pulpo en un garaje, al menos un calamar en un trastero.

Primero, eligió llamarse Francisco, como Francisco de Asís, el patrón de los  animales y, yo que me siento más cercano a los perros que a los humanos, me pareció un gesto increíble. Más aún cuando en cientos de años a ningún otro Papa se le ocurrió usar ese nombre. Y os recuerdo que nació antes del 1200, así que tiempo ha habido para que alguno se le pasara por la cabeza aplicarse el ideal de pobreza de este buen hombre de Asís.

El Papa Francisco decidió vivir en la Casa Santa Marta, una especie de “departamento compartido” vaticano, en vez del Palacio Apostólico. ¿Por qué? Porque, según él, “todos tendríamos que volvernos un poco más pobres para parecernos a Jesús”. ¡Y ni hablar de los zapatos! Nada de rojos brillantes: mocasines negros, de los de toda la vida.

¿Hoy no hablamos de filosofía?

No olvido de qué va el blog. Francisco ha sido la ocasión ideal para hablar de los cínicos. Si  viajamos unos 2.400 años atrás, a la antigua Grecia, nos encontraremos con Antístenes y Diógenes. Uno es el fundador de la escuela cínica y el otro quien la dio a conocer.

Estos filósofos creían que la felicidad no se encuentra en el dinero ni en los lujos, sino en vivir de forma sencilla, con lo mínimo. Antístenes vendió todo y se quedó solo con una túnica raída y un bastón. Diógenes, por su parte, vivía en un tonel (sí, un barril, como Don Ramón, pero sin la vecindad) y caminaba con perros, despreciando las riquezas y las normas sociales.

El hecho de no ser creyente ni identificarme con la Iglesia Católica no me impide ver el hecho de que Jorge Mario Bergoglio fue un hombre que intentó hacer más honesta la institución a la que representaba.

Antístenes y Diógenes nos recuerdan que la verdadera riqueza está en la humildad, la cercanía y el servicio a los demás. Es una suerte, contemplando la historia de los últimos siglos de la Iglesia, poder haber coincidido en el tiempo con alguien que nos recuerda valores nobles y, además, me permite hablar de filosofía griega clásica.

Creo, personalmente, que no hace falta vivir como ermitaño, pero sí mirar menos el oro y más a las personas. No hace falta vivir en un barril ni venderlo todo, pero sí podemos aprender de las personas que invitan a la felicidad con su ejemplo, sin basarse en lo que tienen o desean. No es lo que tenemos, sino lo que damos, en cómo vivimos con sencillez.